El niño cometa

Todo lo que acontece por algo lo hace.

Profecías ancianas de siglos llenas, ¿absurdamente se toman por verdades absolutas y reflejan los miedos de una sociedad decadente que decae cada vez más a cada segundo que pasa?.

Los versos del poema no tenían una gran rima ni una gran métrica, pero estaban manuscritos en un pergamino añejo, con el sello de cera de un rey loco que vivió una larga vida rodeado de alcachofas y que tenía fama de augur.

Cada día amanecían los Guardianes del Futuro y abrían con violencia la ventanas de la alta torre en la que la Orden guardaba sus reliquias. En un lugar principal, donde el sol nunca llegaba, el pliego descansaba sobre un mullido almohadón que era cambiado cada noche con la devoción que acarrea la ignorancia.

Mientras tanto el Relator se atiborraba a pescado en las estancias de su palacio y por la ventana miraba detenidamente la torre y sonreía hermético, provocando el temor de sus criadas, que corrían a la calle a contar a sus vecinas que algo pasaba en la torre, y que el maestro aconsejaba seguir comiendo pescado para el perdón de los pecados porque el fin estaba cerca.

Y un niño subió a la torre, pues su cometa había colgado al perder el control del hilo que le unía a él por el codazo traicionero de un competidor desalmado en el certamen anual de cometas de la ciudad. Racionando el esfuerzo y ante la mirada aterrorizada del resto de participantes, piedra a piedra trepó hasta la ventana. Sentado en el alféizar saludaba a los espectadores y miraba preocupado el estado del viento y la fijación de la cometa, a la que casi tocaba con la punta de los dedos.

El Guardián del Futuro que cambiaba la almohada, al ver una silueta en la ventana, asustado ante la posibilidad de ladrones o urracas, corrió a cerrar la ventana empujando al niño hacia el abismo.

Los gritos de terror, los hipidos y los llantos se solapaban a la respiración contenida de los presentes mientras el niño sonriente caía de la altísima torre.

Y de repente el niño se convirtió en cometa.

Y la gente, en un ejercicio de conciencia colectiva, se quitó la camisa y siguió hacia el sur el vuelo del niño convertido, dejando la ciudad vacía.

Y al Relator se le acabó el pescado y no había nadie que respondiera sus llamadas de campanilla. Trabajosamente se levantó de su labrada silla y se dirigió pesado hacia la barandilla del balcón de su cuarto. Comprobó que los fuegos seguían encendidos en las fraguas y en los hogares, pero sólo quedaban él y su torre. Y relató a un burro que daba vueltas a un molino la profecía del Rey Alcachofa:

“Cuando se acabe la trucha
desde una ventanucha
el pueblo creerá en el niño cometa
y buscará la nueva primavera.”

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