El Capitán Blood

-Está sobreexcitada, señorita. Yo…

-¡Sobreexcitada! -exclamó la joven con una nota de risa aguda y única-. Os aseguro que estoy tranquila. Estoy haciéndoos una pregunta, lord Julian. ¿Para qué ha hecho todo esto ese español? ¿Con qué fin?

-Ya lo habéis oído -contestó él levantado los hombros irritado-. Sed de sangre -añadió a modo de breve explicación.

-¿Sed de sangre? -preguntó ella asombrada-. ¿Existen semejantes pasiones? Esto es demente, monstruoso.

-Diabólico, sencillamente -dijo su señoría.

Rafael Sabatini escribe este diálogo de El Capitán Blood en el año 1921, un año después de su consagración como escritor de éxito con Scaramouche.
Catorce años más tarde se estrenaría la película del mismo nombre, que fue la primera de las coincidencias de Errol Flynn y Olivia de Havilland delante de la cámara.

Así como el escritor anglo-italiano era muy riguroso con su documentación, en la peli encontramos una serie de fallos que resultan, cuando menos, curiosos. Por ejemplo, la referencia al “oro y carmesí” de la bandera española en el ataque a Port Royal es anacrónica, pues hasta bien entrado el siglo XVIII no se adoptó.

A nivel formal es una buena película, dirigida por un maestro como Michael Curtiz, y con una ingenuidad que en parte le dota la historia y en parte la realización e interpretación de los actores, que es muy de los inicios del cine, con esos planos a las caras sonrientes en momentos clave de la película, ese estar ahí como si nada esperando a que le toque hablar en mitad de una batalla naval contra dos barcos que triplican el número de cañones (“¡Ah, que ya me toca!”, parece que dice el personaje del timonel apoyado en la barandilla mientras detrás suya se derrumba la arboladura…), ese pequeño balanceo de cámara en las escenas de estudio en las que se figura que están navegando en mitad del océano, y sobre todo, sobre todas las cosas, esa escena final sobreactuada de Olivia de Havilland. Preciosa.

Comparando la novela con la adaptación, me quedo, como con gran parte de las novelas y adaptaciones de este autor al cine, con la adaptación, con la salvedad del episodio con el Pirata Lavesseur (Basil Rathbone, el malo de Robin Hood), que se lo podían haber saltado.

De todos modos, ver una peli basada en un libro de Sabatini resulta ser un ejercicio delicioso acompañado de unas buenas pipas, palomitas o alguna cosa para rosegar.

Scaramouche, El cisne negro, El halcón del mar… grandes películas de un autor literario que pensaba, mayormente, en el entretenimiento.

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