¿Qué es lo mejor de la vida?

¡Cómo me gusta el olor del napalm por las mañanas; huele a victoria!

Robert Duvall en Apocalypse Now…

Multitud de asociaciones de padres y educadores se han quejado de que la animación japonesa está repleta de contenidos violentos que, sacados de contexto, pueden resultar perjudiciales para la formación y educación de nuestros niños y jóvenes.
Cierto es que una exposición intensiva a capítulos de Dragon Ball o Sailor Moon puede causar efectos secundarios terribles para la salud de los espectadores, habiéndose dado casos tan extremos como seguir oyendo cada una de las sintonías específicas que tenía cada momento o personaje de la serie de Son Goku o como terminar andando con un disfraz de colegiala por las calles y los bares de la ciudad un viernes de marcha. Afortunadamente, en ambos casos, dichos efectos secundarios han sido superados (o no) y las personas afectadas se han convertido en seres provechosos para la sociedad bienpensante y cotizante en la seguridad social (o tampoco).

Pero también dentro de la animación japonesa tenemos series y películas tan bonitas (porque no se me ocurre otro calificativo que “bonita”) como algunas series que realizó Miyazaki a finales de los años 70 y ya en los 80.

Conan, el niño del futuro es la historia pacifista y ecologista de un mundo destrozado por una guerra en la que nadie ganó, y la búsqueda de la “energía solar”, que puede dar el poder para volver a tener las ventajas tecnológicas a los que se creen herederos de la ciencia pre-desastre, la Isla de Industria.

Nausicaä del Valle del Viento, en la que un país rodeado por un bosque contaminado que les impide progresar, mediante un ser artificial, un “dios guerrero” como el que arrasó la tierra en los siete días de fuego, intenta destruir el bosque. En medio de esta situación, Nausicaä descubre “algo” (que no diré qué es) e intenta impedir que el ejército consiga su objetivo. Tiene versión en manga dibujada por el propio Miyazaki, de 7 volúmenes, altamente recomendable.

Sherlock Holmes, una coproducción italojaponesa en la que encontramos unas historias no “conandoyleianas” llenas de humor, suspense y acción, en la que los buenos son muy buenos y los malos tampoco son tan malos. ¡Jajejijoju!

Y como estas, un montón, pues Miyazaki también ha hecho Marco, Heidi, El castillo en el cielo, El castillo vagabundo, El viaje de Chihiro, La Princesa Mononoke, Porco Rosso etc…, dotando de su sello positivo dentro de la precariedad en la que se encuentra el equilibrio entre avance tecnológico y respeto a la naturaleza, haciendo que sus espectadores se planteen en más de una ocasión por película o serie si las costumbres que tienen tan asumidas y que son tan poco respetuosas con el medio ambiente son las correctas.

Pero, y este pero me aterra, como buen hijo de mi generación (la generación del videoclub, de las pelis de Chuck Norris y de Charles Bronson, de Comando y Rambo: Acorralado, todas ellas películas de animación japonesas, hay que joderse) también creo que siempre viene bien una dosis de violencia, siempre ficticia, que nos demuestre que no es buena, aunque nos atraiga como seres parcialmente racionales que somos y todavía guiados por los instintos (algunas veces demasiado). Y por eso he empezado con una frase que refuerza el alegato pacifista en la que deviene Apocalypse Now, y acabo con un enlace para ver cuáles son los medios por los que te puedes convertir en gobernador de California.

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