Un cuentecito

La princesa de las galletas, que dormía siempre con los pies colgando fuera de la cama, se despertó sobresaltada al descubrir que, durante su largo y pesado sueño, unos ratoncillos le habían comido los pies.

Se dirigió rápidamente a la habitación de sus padres, el Rey Bollo y la Reina Coca, para decirles que metieran en la cárcel a los maleducados ratones. ¿Qué era éso de comerle los pies a una princesa sin su consentimiento…?

A cada paso, la princesa iba perdiendo migas, cada vez más. El larguísimo pasillo del palacio se le hacía eterno, y para cuando fue a llegar al cuarto de baño que había a medio camino, el que tenía los grifos de chocolate, las baldosas de turrón del duro con que estaba hecho el suelo habían desgastado casi todas sus piernas.

Los ratones, desde el agujero en el que vivían debajo de la cama de la princesa, al olor de la galleta desmigada, empezaron a comerse el rastro de migajas y pepitas de chocolate que la princesa había ido dejando en su periplo.

Ya en la puerta de la estancia de los reyes a la pobre princesita solo le quedaba la cabeza. Con gran esfuerzo consiguió entrar, aún a costa de que el desgaste hiciera que perdiera la boca.

Por el rabillo de pasa de ojos de pasa veía como los ratones lamían sus restos y se relamían los bigotes pensando en el plato fuerte: los Reyes.

Cuentecito escrito al alimón por Caperucita y Aquiles

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