Memorias de un ayudante de camarero (I)

Como saben aquellos que me conocen un poco, mientras estuve estudiando en la universidad me costeé parte de los estudios y los “gastos corrientes” desempeñando los más variopintos trabajos basura: montador de barras en la Pepsi, azafato de promociones y eventos, almacenista en Tempe…; pero en el ámbito laboral-basuril en el que más duré (o me duraron, porque tuve la “suerte” de comerme el momento álgido del trabajo temporal) fue en el de la hostelería. Más concretamente como “ayudante de camarero”.

Un ayudante de camarero, para el que no haya tenido que trabajar en su vida porque sus padres están podridos de pasta o son los hijos de enchufados de algún partido político, es aquél estudiante, inmigrante o parado de larga duración que, aunque puede atesorar mucha experiencia, el restaurante no valora como camarero profesional.

Esta categoría de la hostelería semi-amateur está muy en boga sobre todo en aquellos restaurantes-comederos que se dedican a servir banquetes “baratos” ajustando los costes en materia prima y, sobre todo, en personal.

En el comedero en el que tuve la desgracia de trabajar más asiduamente (2-3 veces por semana) nos pagaban por “extra” 6000 pesetas, al cambio 36,06 €, por 7-8 horas de trabajo, contraviniendo flagrantemente cualquier convenio laboral.

Siendo el jefe del establecimiento un rata como la copa de un pino, pagaba de las propinas habitualmente generosas que le daba el cliente el sueldo de los empleados. Guardaba el dinero “B” en una caja de puros que estaba encima de su mesa en el “office-reservado” en el que visionaba con los ojos vidriosos las películas de blandiporno de Canal 9 mientras los “ayudantes de camarero” nos dedicábamos a recoger el salón de banquetes. Llegado el momento del pago, nos llamaba uno a uno y, sentado tras su mesa, abría la caja de puros, contaba los billetes y las monedas una y otra vez y, cuando estaba seguro de que no había error posible, nos lo alargaba a nuestro extremo de la mesa y nos hacía que lo revisáramos una y otra vez.

– “No quiero que luego se diga que os engaño con los sueldos”, nos espetaba.

Lo que él no sabía era que sabíamos positivamente que el padre del novio/a le había dado 40.000 pesetas de propina, casi exactamente lo que íbamos a cobrar los 7 camareros de la cuadrilla y que sabíamos que, el haber servido la cena, al dueño le había costado 2.000 pelillas de nada.

Lo más triste del caso es que, con estas condiciones, y a falta de algo mejor, aguantamos allí mis colegas y yo cerca de 5 años, tragando quina y atesorando una experiencia, éso si, muy valiosa para nuestro desarrollo profesional posterior, puesto que, cuando nos putea nuestro trabajo sabemos que hay gente que lo está pasando mucho peor: los “ayudantes de camarero”.

Así que, si lees ésto, y te encuentras en un momento en el que tus amigos/primos etc… se están casando, y tienes una boda en el horizonte, pórtate bien con el camarero (otro día contaré las putadas que te puede hacer aquél que te sirve la comida si lo tratas mal)y, si tienes que darle propina, dásela directamente. Nunca al jefe.

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