Desenmascarando al Partido Popular

La comunicación tiene una importancia capital en la sociedad en la que vivimos. Forma parte de la construcción de la realidad social percibida por parte de los ciudadanos que la componen. También forma parte de esta construcción de la realidad social la elaboración de un marco normativo que regule la convivencia y las reglas cívicas y sociales para su correcto funcionamiento. Este binomio -regulación/comunicación- es el eje capital de la evaluación de un gobierno en ejercicio en cualquiera de sus niveles administrativos o políticos. En función de la percepción del ciudadano sobre las normas y acciones políticas llevadas a cabo, más o menos ajustada a los hechos, se producirá una serie de reacciones favorables o desfavorables que pueden derivar en adhesiones, apoyos, huelgas, protestas… y, en última instancia, la concesión o retirada del voto.

Por eso es tan importante analizar los hechos que hay detrás de la comunicación que emiten los medios y las organizaciones políticas. Y tener en cuenta que esos hechos comunicados tienen detrás una ideología concreta inherente al emisor del mensaje y al mediador del mismo que lo pone al alcance.

El discurso, la palabra, tiene un componente mágico que hace que la interpretación de esos hechos sea una o la contraria. En el magnífico libro “Retórica y comunicación política”, López Eire y de Santiago (2000) lo explican de manera meridiana:

“Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, es tan verdad que la palabra puede ser mágica que en ocasiones no importa su significado. (…) No sabemos lo que significa pero nos convence, nos envuelve, nos encanta, nos evoca, sobre todo si se emite rodeada de las circunstancias adecuadas”.

La función del discurso político es claramente apelativa, dirigida al elector. Intenta convencer y reclutar y, en su defecto, aturdir. Es en este último caso cuando aparece el lenguaje equívoco que se ha dado en llamar últimamente “neolengua”, una referencia a la novela distópica 1984 de Orwell, que se basa en una más o menos burda ocultación de la realidad a base de una mezcla de tecnicismos y eufemismos.

El Partido Popular utiliza estas técnicas para ocultar sus actuaciones más polémicas (con mayor o menor fortuna). He aquí un par de ejemplos:

Tecnicismos sobre la subida del IVA:

Eufemismos sobre los recortes del Estado del Bienestar:

El éxito de esta técnica depende también de la pericia del orador, pudiendo llevar a resultados desastrosos:

Esta práctica enlaza perfectamente con las tesis de George Lakoff, que en su libro “Don’t think of an Elephant” analiza el éxito del mensaje de la derecha en la sociedad norteamericana en el momento en el que se asumen como ciertos los marcos mentales que intentan proyectar en el electorado. La utilización de metáforas es, para este autor, capital a la hora de configurar la realidad. Y como cuando se asumen como propias estas metáforas (en este caso estos tecnicismos y eufemismos) triunfa el pensamiento y la opción política de la derecha.

Es por ello que, para dar la vuelta a la situación política, la izquierda ha de empezar a llamar a las cosas por su nombre. Hay que empezar a desenmascarar los eufemismos y los tecnicismos, alejándose del lenguaje burocrático que tanto gusta a determinada parte de los políticos y que tanto aleja la política de la ciudadanía.

Por ejemplo, tras la aprobación de determinadas medidas presupuestarias y leyes por parte del Partido Popular, se debería dejar de etiquetar como “Partido Conservador”. Conservador, según la RAE, en su segunda acepción es:

2. adj. Dicho de una persona, de un partido, de un gobierno, etc.: Especialmente favorables a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversas a los cambios bruscos o radicales.”

La violencia de los cambios normativos represivos (como la Ley de Seguridad), la voluntad inequívoca del Partido Popular de volver al pasado (como con la reforma de la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo y la vuelta a la regulación de 1985) , hacen que sea más ajustada a significado su definición como “Partido Reaccionario”, término que surge en la Revolución Francesa, cuando las fuerzas contrarrevolucionarias realizan su “reacción termidoriana” que apea del poder a los jacobinos y que, lleva, tras el Directorio , al golpe de Estado de Napoleón en el 18 de brumario del año VIII que anula la democracia en Francia.

 

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La factura de la luz

Ayer vivimos uno de los momentos más patéticos de lo que lleva el PP de mandato (y ya es decir).

Aunque estamos acostumbrados a que nos mientan sistemáticamente, asistimos a un espectáculo de desmentidos, caras de susto y descalificaciones extemporáneas por parte de los responsables del PP (especialmente de su Community Manager).

Tras oponerse a una más que justa petición de la cámara baja a que se estableciera una moratoria que impidiera cortar la luz a personas en riesgo de exclusión social en pleno invierno, la subida del 2% que impulsó el ministro Soria, sumada a la pantomima de “subasta” para establecer el precio del kW hicieron que el anuncio de una subida del 11% en el conjunto de la factura de la luz incendiara las redes sociales (y lo que no son las redes sociales, porque había que escuchar las conversaciones en el autobús).

Para más INRI, no tuvieron mejor idea que echar balones fuera.

La ineficacia de este gobierno es palmaria. La calidad humana de sus integrantes deficiente. La preparación y ecuanimidad de sus ministros, mínima. Y la población está muy cansada.

Como sociedad hemos aguantado en los últimos dos años todo tipo de atropello. Y mientras que el catalizador en el País Valenciano de una contestación más o menos coordinada ha sido el cierre de RTVV, parece que e España la factura de la luz puede ser la piedra de toque sobre la que se construya una alternativa seria al gobierno del PP.

Que ya toca.

Frases y frases

En Sant Joan se ha realizado una acción por parte del Ayuntamiento enmarcada en el movimiento “acción poética”. Ésta ha consistido en pintar, en diferentes superficies, una serie de frases.

Voy a dejar a un lado la idoneidad o no de las frases escogidas por los participantes de la iniciativa («Con los ojos cerrados y los sueños despiertos» y «Si tiramos la toalla que sea ‘pa’ ducharnos juntos»). El caso es que el Ayuntamiento ha escogido una, para colocar en el lugar más visible de los reservados para la intervención, en el que ha cometido un clamoroso error.

La frase en cuestión es «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma» y se la atribuyen, erróneamente, a Nelson Mandela. Estos versos son los finales del poema Invictus de William Henry Henley, y dice así:

Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
agradezco a los dioses si existen,
por mi alma inconquistable.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de ira y llantos,
frecuenta el horror de la sombra,
aun así la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
Cuan cargada de castigos la sentencia,
soy el dueño de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Y es que en los últimos tiempos se ha tomado la mala costumbre de atribuir autorías de frases con fuerte componente ideológico o motivador a personas con buena imagen entre el público en general. Como ejemplo podemos encontrar el “Ladran, luego cabalgamos” (muy rimbombante y usada, pero nunca dicha o escrita por Cervantes en el Quijote), “Primero fueron los judíos…” de Niemöller atribuido a Bertol Brecht (confundido quizá porque los nazis quemaron sus libros, por sus ideas comunistas) o “Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas”, que atribuyen a Churchill (político muy muy de derechas, pero que nunca dijo esa frase).

Puestos a jugar al juego de equívocos de atribuir frases que nos cuadran a personajes que nos gusten, personalmente abogaría por crear talleres de frases propias y pensar, después de un estudio de la personalidad y carácter del personaje, a quién podríamos endosarlas.

Os animo a participar en este emocionante juego.

La encuesta del CIS de Julio.

Ayer salió el avance de los resultados de la encuesta realizada durante el mes de julio a casi 2.500 personas en las que se preguntaba sobre la opinión de determinados aspectos de la vida política y social en España.

Dejando aparte algunas cuestiones que ya han sido debatidas hasta la saciedad en Twitter, Facebook, medios de comunicación y blogs acerca de si baja más o baja menos en intención de voto tal o cual partido político, quiero poner de relieve el oscurantismo de la confección de los resultados de dicha encuesta.

Guía de referencia para preparar los datos de las encuestas del CIS.

Cuando he intentado comprender la forma de confeccionar el resultado de “Estimación de voto”, me he encontrado que, mientras que para otros aspectos de la encuesta se utilizan fórmulas estadísticas que el común de los mortales comprende sólo a medias (pero a las que tenemos que dar la verosimilitud necesaria con cierto “salto de fe” estadístico), para la categoría que finaliza la encuesta y que es titular en los medios de comunicación nacionales, la fórmula es como la de la cocacola.

En la propia explicación metodológica se quedan tan a gusto, explicando los datos que leerá todo aquel que lea la prensa y que condicionará de manera necesaria el devenir y actuar de las organizaciones políticas españolas con un lacónico:

la Estimación de Voto no es un indicador comparable al resto de los que se presentan, en la medida en que su método de cálculo nunca se ha hecho público y ha cambiado con los distintos equipos de dirección del CIS.

Esta extraña política de transparencia anula de facto muchas de las preguntas anteriores. De hecho, al preguntar por “intención de voto” y “simpatía”, el CIS suele avisar que se corresponden a datos directos de opinión y que no se puede extrapolar los resultados a las expectativas electorales. Viendo los resultados, podríamos inferir que a los datos de intención de voto y de simpatía se les aplica un coeficiente que varía en función de los resultados de las últimas elecciones (mayor cuanto más votos tuvieron en las anteriores). Esta “ponderación” tendría sentido en un clima de normalidad democrática (en el que mucha gente que dice que va a votar en blanco al final acaba decantándose por un partido u otro), pero creo que es bastante arriesgado utilizar los mismos criterios de medición y análisis de los últimos años para explicar los datos que actualmente arrojan las encuestas. Básicamente porque se están transgrediendo todos los principios democráticos establecidos hasta la fecha, arrasando con el Estado del Bienestar mediante la cobarde técnica del Decreto Ley.

La indignación es un factor de opinión (de los descartables por algunos directores del CIS) que puede ser determinante en los próximos meses.